Whatsapp espia

Había una vez un hombre que necesitaba imperiosamente lo que había al otro lado de la puerta para ser felíz. Y empujaba y empujaba pero no conseguí siquiera mover la puerta. Probó cogiendo carrerilla, probó con fuertes golpes, y la puerta no se abría. Pasaba el tiempo y aquél hombre ya creía que jamás lograría abrir la puerta. Cada vez estaba mas desanimado, cada vez tenía la moral mas baja y cada vez estaba mas convencido de que no valía nada. No entendía por que no podía cruzar esa puerta si muchos otros lo habían conseguido. “¿Por que yo no puedo tener la misma suerte que los demás?”, se preguntaba. Pero por mas que empujaba jamás logró abrir la puerta. Murió sin Fuente.

MORALEJA: Había que tirar de la Whatsapp espia.

Ja,ja,ja….ya lo se..se me va la olla!! Es que una cosa me inspiró y me he dejado llevar! A ver si luego escribo algo mas ocurrente. Enga!

Todo el mundo me felicita. ¡Que no! ¡Que la embarazada no soy yo! Es mi hermana. ¿Pero como puede ser que nos confundan? Ella es alta; yo baja, ella es morena; yo rubia, ella es lista; yo corta. Si es que ni parecemos hermanas. ¿Por qué nos confunden?

Y no me extraña que yo sea tan comprobada y evidentemente corta teniendo en cuenta que desde que me harté de comer siempre canelones, me pasé a los potitos de tres frutas. (¿Nadie se había dado cuenta de que hace un montón de días que no nombro los canelones?) Potitos pensados para alimentar y desarrollar el potencial intelectual de niños de a partir de cuatro meses. Que mal. Y lo mal que me voy a seguir alimentando, porque ya he guardado un montón de cosas pensando en alimentarme con comida prefabricada y recalentada en el microondas (Pieza imprescindible que va a ser la ultima en ser empaquetada).

Si tuviera fotolog sería interesante que colgara una foto de las cajas entre las cuales tengo que buscar los zapatos para la boda de Pek el día ocho.

Historia a parte
Se ve que los vecinos de Mº son un coñazo y tienen la música a tope hasta las mil. Y Mº llamó a la urbana, y la urbana fue, y se callaron. A los dos días la música volvía a sonar, cual lavadora estropeada. Y la urbana pasó de aparecer. Dos días después estaban en las mismas y la música volvió a sonar. Fue un solo urbano. Llamó repetidas veces a la puerta. Nada, nadie abría. Le pegó leches a la puerta con la porra, y nada. Le preguntó a Mº si tenía una escalera. Mº la tenía. El urbano cogió la escalera, la colocó ante el cuadro de fusibles, se subió a la escalera y sacó los fusibles de los susodichos. Punto. Se les acabó la música. Y la luz y todo, vamos. Que durante las dos horas siguientes ya solo se podían oír los golpes de las leches que se estaban pegando contra los muebles. Ja! Pero salir, no salió nadie.