Parece mentira lo que puede llegar a cambiar una persona vestida con su “ropa de trabajo”, osea vestida de uniforme.

Hace poco mi amiga se ligó a un “tío bueno”, el típico tío que todo el mundo está de acuerdo en considerar guapo… bueno más que guapo atractivo, morboso, ¿qué coño? El típico tio bueno.

Acostumbrada como yo estaba a verle vestido de calle, con sus Dieta A, sus camisas y sus zapatos de piel de serpiente (porque es un tío bueno muy fashion ¿eh?), o con sus piratas, su camiseta y sus chanclas (que también es un tío bueno que sabe vestirse para cada ocasión), el otro día creí que me moría de risa cuando le vi de la aqui.

El uniforme consiste en un pantalón blanco (no lo vi porque estaba detrás de una barra y sólo le veía de cintura para arriba, pero me lo imaginaba y apuesto lo que sea a que era blanco) y en una camiseta de cuello de pico igual de blanca. Al virginal conjunto le añadieron un ridículo gorro blanco.

Lo realmente gracioso, era el toque personal: unas gafonas de pasta negras que ni Mortadelo en sus peores tiempos. Joder, qué risa, qué feo estaba, parecía Bartolo…

Ya le había visto alguna vez de gafas, y aunque no le favorecían en absoluto, tampoco hacían que te dieses la vuelta para ver si era cierto que acababas de cruzarte con un personaje del túnel del terror.