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Han pasado este precioso día de verano en los prados, recogiendo la hierba que segaron hace unos días, junto a sus hijos y nietos. Ellos viven lejos, en Francia, pero todos los veranos pasan alguna temporada en el pequeño pueblo asturiano que les vio nacer. Subieron temprano, unos andando; a caballo, otros, porque en aquellos senderos estrechos y empinados los coches no sirven de nada.

El trabajo es duro y Ángel está envejeciendo, aunque él no quiera reconocerlo, así que algunos vecinos les echaron una mano. Las mujeres se encargaron de la comida y vigilar a los niños, que disfrutaron de lo lindo. Cuando el trabajo estuvo terminado, cargaron los caballos y llevaron la hierba al pajar, donde los más pequeños están saltando como locos, para “enlace“*.

-Que no muyer, que no…- responde Ángel- en el payar de tu Descargar juegos para pc ¿acuerdes-te? -Claro que m’acuerdo del payar de padre, pero ¿a qué vien acordarse ahora? Nun t’entiendo, Ángel. -Vino-me a la cabeza la primera vez que fuimos allá, tú y yo, solinos, a escondies, era una tarde de agosto, igualina qu’esta. -¡Ay, madre! Tu t’has faciéndote vieyu.

¿Y ahora? ¿Qué te dio? -Nà, Elisa ¿qué me va a dar? Que m’acordé. ¡Qué torpe fui! Era un chavalin y tontu, pa más inri. Y locu por ti. No se me olvidará mientras viva: aquellos pechinos pequeños, los muslos blanquísimos y el olor a manzana ¿por qué me hueles siempre a manzanes, Elisa? Ella ha dejado por un momento lo que está haciendo y mira a su marido, extrañada y complacida a un tiempo. Siempre pensó que él no se acordaba de estas cosas. Ha sido un buen esposo y padre, pero muy serio y de pocas palabras.