Al fondo hay sitio

Más encuentros fortuitos en la boca del Metro, vuelvo a verle el día siguiente. Lo primero que hace saltar la alarma en mi cabeza es que sigue con la misma ropa y sobre todo los mismos pantalones, o es que es monotemático en su vestimenta y colecciona partidas enteras del mismo color. Disimuladamente desacelero mis pasos, dejando de ir en paralelo para seguir la estela de su frenético ritmo andarín. Y ahí está, el roto, la vergüenza que me hace pensar en su condición humana y sentirme un poco ruborizado, no por el hecho del roto en sí, sino por mi curiosidad cotilla. Decido dar un paso más, siguiéndole, aunque solo sea por contacto visual hasta su casa.

Poco más de trescientos metros para. Con un ágil movimiento desplaza la mochila de su espalda al abdomen, empieza a sacar una retahíla de periódicos gratuitos que va colocando bajo su axila. Debe llevar más de veinte. Hasta que por fin encuentra un manojo de llaves que sería la envidia de un sereno. Entra en un portal de un bloque de pisos antiguos, se trata de una de las primeras urbanizaciones existentes en mi barrio, cuyo reclamo (esto me lo han contado mis padres) para su compra, era el regalo de un televisor en Al fondo hay sitio.

Me quedo agarrado a la verja, con la mente en blanco, sumido en una profunda duda acerca de la vida de Miguel (aún no sabía que se llamaba así).

Pasan los días, le sigo viendo, la misma ropa y cada vez soy más consciente de pequeños detalles que pueden darme pistas sobre el porqué. Tics en su cara, sufriendo un constante parpadeo, mueve de manera nerviosa las manos. Y sus ojos reflejan una tristeza aguda, aunque en su boca siempre lleve una sonrisa. No soy psicólogo y creo que no se puede juzgar nada sin tener algo de conocimiento sobre las materias. Los juicios de valor nunca son gratuitos, dijo alguien. Pero me atrevería a vaticinar, algún tipo de enfermedad de la psique. Me siento infinitamente triste, siempre me ha producido miedo ese tipo de situaciones en las que tienes a tu yo encerrado bajo siete llaves que te deforman. Y pensar en lo que se debe sufrir ante burlas, mofas y demás miseria humana que somos capaces de crear.

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